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El sudor caía a chorros por mi frente y la camiseta se me enganchaba a la vez al cuerpo y a la tapicería de cuero del Ford que conducía a 80 kilómetros hora por el centro, huyendo hacia el polígono industrial, intentando despistar a los coches patrulla que nos seguían la pista. Habíamos cometido varios errores, el primero fue empezar con toda aquella mierda. -Tranquila pequeña, te podrás bien. Salimos al mediodía, cuando estaban cerrando el banco, pistola en mano, con máscaras y los tatuajes bien tapados. Debajo de la máscara sólo podía sentir como me asfixiaba. Las dos empleadas estaban allí de pie, comentando algo sobre su jefe que, como habíamos previsto, no estaba en la sucursal en aquel momento. Sus caras palidecieron de golpe, pero la morena tuvo la estúpida idea de apretar el botón de alarma y mi compañero disparó. Una bala, limpia, le atravesó el ojo. Luego corrió directamente a la otra, una rubia con muchos rizos, realmente hermosa. La agarró del pelo y machacó su cabeza contra el mostrador mientras le gritaba que abriese la caja. Tercer error, la caja ya estaba abierta. Le sangraba la sien, probablemente tendrían que ponerle puntos por aquello, pero no era peor que lo que le había pasado a su colega. -Mierda tío, ¡no hagas eso! -le decía a él, pero parecía no importarle en absoluto mis réplicas. |